La inteligencia artificial se ha convertido en una parte cada vez más importante de nuestra vida cotidiana, y muchas veces ni siquiera somos conscientes de hasta qué punto dependemos de estos sistemas capaces de analizar información, automatizar procesos o tomar determinadas decisiones. Utilizamos inteligencia artificial a diario para buscar información, traducir textos, detectar fraudes, recomendar contenidos, gestionar empresas, analizar imágenes y realizar tareas que hace unos años requerían mucho más tiempo.

Para comenzar este artículo imaginemos un escenario completamente diferente. Son las ocho de la mañana y, de repente, todas las inteligencias artificiales del mundo dejan de funcionar; no hay asistentes virtuales, los modelos de lenguaje dejan de responder, los sistemas de recomendación desaparecen, las herramientas de generación de imágenes, vídeo y música dejan de estar disponibles, los sistemas empresariales basados en IA se detienen y los algoritmos utilizados para determinadas tareas de seguridad, análisis o automatización dejan de producir resultados. Y lo más importante: nadie sabe por qué, solamente se sabe que la situación duraría exactamente 24 horas, y , después, todos los sistemas volverían a funcionar con normalidad. ¿Qué ocurriría durante ese día? 

Probablemente no sería el fin del mundo, pero sí sería un experimento extraordinariamente interesante para comprobar hasta qué punto la inteligencia artificial se ha integrado en nuestra sociedad. Además, el impacto sería muy diferente dependiendo de la persona, la empresa o el sector. Para alguien que utiliza IA únicamente para generar ideas o corregir textos, podría ser una pequeña molestia, pero para una organización que depende de sistemas automatizados para determinadas operaciones, esas 24 horas podrían ser mucho más complicadas.

Una de las características más curiosas del escenario sería que muchas personas probablemente no detectarían inmediatamente lo que está ocurriendo. Si una aplicación de inteligencia artificial deja de funcionar, podemos pensar que simplemente existe un problema técnico; quizá los servidores están caídos, quizá nuestra conexión a Internet funcione mal, o quizá la aplicación esté realizando una actualización.

Durante los primeros minutos, probablemente aparecerían mensajes de error, servicios que no responden y aplicaciones que funcionan de manera diferente a lo habitual. Las personas intentarían actualizar las páginas, cerrar y abrir aplicaciones o comprobar si el problema está relacionado con su dispositivo. Después comenzarían a aparecer las primeras sospechas; si diferentes sistemas de IA dejan de funcionar simultáneamente, resultaría evidente que no se trata de un simple fallo aislado. Los usuarios empezarían a recurrir a redes sociales y medios de comunicación para averiguar qué está sucediendo, y entonces aparecería una situación bastante peculiar: los propios sistemas utilizados para generar y distribuir información estarían parcialmente afectados por el mismo problema.

Los asistentes de IA desaparecerían de golpe

Uno de los efectos más visibles sería la desaparición temporal de los asistentes basados en inteligencia artificial. Millones de personas utilizan actualmente estas herramientas para redactar textos, resumir información, resolver dudas, traducir documentos, programar, estudiar o generar ideas. Sin embargo, en este escenario, tendrían que volver a realizar esas tareas de forma tradicional durante 24 horas. Para algunas personas sería sencillo, pero para otras podría representar una pérdida considerable de productividad; un trabajador acostumbrado a utilizar IA para preparar un primer borrador podría necesitar mucho más tiempo, un estudiante que utiliza una herramienta para organizar sus apuntes tendría que hacerlo manualmente, o un programador que utiliza asistentes de código tendría que volver a escribir y revisar determinadas partes sin esa ayuda. Ninguna de estas situaciones sería catastrófica por sí misma, pero multiplicada por millones de personas, mostraría una verdad importante: la IA ya forma parte de numerosos flujos de trabajo cotidianos.

Las empresas serían uno de los grandes afectados

El impacto probablemente sería mucho mayor en determinadas empresas, puesto que muchas organizaciones ya están utilizando inteligencia artificial para automatizar tareas, analizar datos, atender clientes, detectar anomalías, generar contenido o apoyar procesos internos. Si todos esos sistemas dejaran de funcionar simultáneamente, tendrían que recurrir temporalmente a procedimientos alternativos: Un departamento de atención al cliente podría tener que gestionar manualmente una cantidad de solicitudes que normalmente filtra o clasifica un sistema automático, un equipo de marketing podría perder temporalmente herramientas utilizadas para analizar campañas o personalizar contenidos, un departamento financiero podría necesitar realizar determinadas comprobaciones manualmente… 

En algunos casos, el impacto sería prácticamente invisible para los clientes porque existirían procedimientos de respaldo, pero en otros podrían aparecer retrasos. Lo más curioso es que todo esto permitiría comprobar una cuestión fundamental para cualquier empresa que utiliza inteligencia artificial: ¿Qué ocurre si el sistema deja de funcionar? Una empresa realmente preparada debería tener mecanismos alternativos para mantener sus operaciones esenciales, pero puede que esto no sea así en muchas ocasiones.

¿Qué pasaría con las redes sociales?

Las redes sociales podrían convertirse en uno de los lugares donde el cambio resultara más evidente. Actualmente, muchos servicios digitales utilizan algoritmos para recomendar publicaciones, vídeos, imágenes y otros contenidos, y si esos sistemas dejaran de funcionar completamente, las plataformas podrían verse obligadas a modificar temporalmente la forma en la que muestran información. Imaginemos abrir una red social y encontrarnos con un sistema de publicaciones mucho más básico: en lugar de recibir una selección personalizada basada en nuestros intereses, podríamos ver contenido organizado de una manera diferente.

También podrían verse afectados sistemas utilizados para detectar spam, contenido duplicado o determinados comportamientos sospechosos, y esto podría producir una experiencia digital bastante diferente. De hecho, quizá habría una consecuencia inesperada; durante esas 24 horas, algunas personas podrían descubrir contenido que normalmente nunca aparecería en su pantalla porque el algoritmo de recomendación habría dejado de seleccionar lo que considera más relevante para ellas. Sería una especie de experimento accidental sobre cuánto de Internet vemos realmente por decisión propia y cuánto nos muestra un algoritmo.

Al igual que las redes, servicios de vídeo, música y entretenimiento utilizan sistemas automatizados para recomendar contenido. Si desaparecieran esas capacidades, probablemente seguiríamos pudiendo acceder a muchas películas, series o canciones, pero cambiaría la manera de encontrarlas; en lugar de recibir recomendaciones personalizadas, tendríamos que buscar manualmente. Puede parecer un cambio pequeño, pero es un hecho que los sistemas de recomendación influyen enormemente en nuestra experiencia digital. Cuando abrimos una plataforma y encontramos inmediatamente una lista de contenidos aparentemente diseñados para nuestros gustos, estamos viendo el resultado de numerosos procesos automatizados. Sin esos sistemas, probablemente pasaríamos más tiempo buscando qué queremos consumir. En este contexto, quizá terminaríamos recuperando una costumbre que parecía estar desapareciendo: elegir conscientemente qué queremos ver o escuchar.

La ciberseguridad viviría una situación especialmente curiosa

Aquí aparece una de las partes más interesantes del escenario: la inteligencia artificial se utiliza tanto para defender sistemas como para detectar determinados comportamientos sospechosos. Si todas las herramientas de IA dejaran de funcionar simultáneamente, muchos equipos de seguridad tendrían que depender de herramientas tradicionales y procedimientos manuales.

Sin embargo, también ocurriría algo muy curioso: Los atacantes que utilizan herramientas de IA para determinadas tareas también perderían temporalmente ese recurso. Por tanto, no necesariamente habría un único beneficiado, simplemente se produciría una especie de pausa tecnológica en la que los sistemas de defensa perderían algunas capacidades automatizadas mientras que algunos sistemas utilizados por atacantes también quedarían afectados. La situación podría convertirse en una prueba extraordinaria de la capacidad de las organizaciones para responder a incidentes sin depender completamente de sistemas inteligentes.

¿Cómo reaccionaríamos las personas?

Probablemente esta pregunta sería la más curiosa y que más nos delata. Está claro que durante las primeras horas habría sorpresa. Después, probablemente apareciera la frustración. Algunas personas simplemente dejarían de utilizar determinadas aplicaciones, pero otras intentarían buscar alternativas, descubriendo así que determinadas tareas que realizaban automáticamente con ayuda de IA todavía podían hacerse de forma manual.

También habría un efecto psicológico: estamos acostumbrados a que las herramientas digitales respondan inmediatamente, y si una IA deja de hacerlo, podríamos experimentar una sensación de pérdida de productividad. Una tarea que antes tardaba cinco minutos podría volver a tardar veinte, una búsqueda que antes requería una pregunta podría necesitar consultar varias páginas, un texto que antes tenía un primer borrador inmediato podría requerir más tiempo. No necesariamente porque nos hayamos vuelto menos capaces, sino porque hemos empezado a delegar determinadas tareas cognitivas en herramientas digitales.

Conclusión

La respuesta a la pregunta inicial es sencilla a la par que compleja: Si las IA dejan de funcionar, probablemente el mundo no se detendría por completo, pero sí notaríamos muchísimo más la presencia de la inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana. Las empresas tendrían que recurrir temporalmente a procesos manuales, los trabajadores perderían algunas herramientas de productividad, las plataformas digitales modificarían determinadas funciones, los sistemas de recomendación dejarían de personalizar nuestra experiencia y algunos sectores tendrían que activar mecanismos alternativos.

Como hemos mencionado, quizá ese sería el aspecto más interesante de todo el experimento: Darnos cuenta de que muchas veces no vemos la inteligencia artificial, pero sí vemos sus consecuencias. Está detrás de numerosas recomendaciones, procesos automatizados, análisis y herramientas que utilizamos diariamente, y durante 24 horas, esas capas desaparecerían y tendríamos que volver temporalmente a una realidad en la que muchas decisiones, búsquedas y tareas tendrían que hacerse de otra manera.

Cuando las IA regresaran, probablemente recuperaríamos nuestra rutina rápidamente, pero la experiencia dejaría una pregunta importante sobre la mesa: ¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para mejorar nuestro trabajo o estamos empezando a depender demasiado de ella? La respuesta será diferente en cada caso.

Lo que parece bastante probable es que, a medida que la IA siga integrándose en nuestra vida, la capacidad de funcionar sin ella durante un tiempo será cada vez más importante, porque la verdadera madurez tecnológica no consiste únicamente en saber utilizar una herramienta cuando todo funciona correctamente, también consiste en saber qué hacer cuando, durante 24 horas, esa herramienta deja de estar ahí.


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